La noche en que Francia exorcizó sus demonios y el Fenómeno se desvaneció en Saint-Denis.
El aire en París pesaba aquella tarde del 12 de julio de 1998. El recién inaugurado Stade de France, en el suburbio de Saint-Denis, albergaba a 75.000 almas expectantes. Era el escenario definitivo, el choque de dos narrativas diametralmente opuestas. Por un lado, el Brasil de Mário Zagallo, el tetracampeón vigente, la encarnación del talento natural y la alegría, buscando bordar su quinta estrella. Por el otro, la Francia de Aimé Jacquet, el país anfitrión, un equipo pragmático y blindado que cargaba sobre sus hombros el peso de una historia marcada por la tragedia deportiva.
Francia no solo jugaba contra Brasil; jugaba contra sus propios fantasmas. El trauma de la “;tragedia de Sevilla” en 1982 ante Alemania, y la humillación de 1993 en el Parc des Princes ante Bulgaria que los dejó fuera del Mundial de Estados Unidos, habían forjado la identidad del “magnífico perdedor”. El fútbol francés era poético, pero frágil. Sin embargo, aquella noche de verano, la poesía cedería su lugar a la implacable prosa de la victoria.
El Misterio de Ronaldo
Antes de que el árbitro marroquí Said Belqola hiciera sonar su silbato, el partido ya había comenzado a jugarse en los pasillos del hotel de concentración de la selección brasileña. El relato de aquella tarde sigue envuelto en una bruma de teorías y confesiones a medias, pero los hechos desnudos son escalofriantes.
Poco después del almuerzo, en la habitación que compartía con Roberto Carlos, Ronaldo Nazário —el mejor jugador del planeta, el “Fenómeno” que había aterrorizado a las defensas durante todo el torneo con cuatro goles— sufrió un colapso. Las convulsiones sacudieron su cuerpo. Los gritos de auxilio de Roberto Carlos alertaron a Edmundo y a César Sampaio, quienes corrieron a socorrer a un jugador que, por unos instantes, parecía perder la vida. Tras ser trasladado a la clínica Lilas de París y someterse a pruebas neurológicas y cardíacas, el diagnóstico oficial fue estrés emocional severo.
A menos de una hora del inicio del partido, la hoja de alineaciones oficial mostraba a Edmundo como titular. El mundo del fútbol contuvo la respiración. Sin embargo, en un giro dramático, apenas 40 minutos antes del pitido inicial, Ronaldo apareció en el vestuario, declaró sentirse bien y Zagallo, cediendo a la inmensa presión, lo incluyó en el once. Pero el Ronaldo que saltó al césped de Saint-Denis era un fantasma. Físicamente presente, pero mentalmente ausente, el delantero registraría apenas 20 toques de balón en toda la final, perdiendo la posesión con una frecuencia alarmante y deambulando como un alma en pena ante la mirada atónita del planeta.
Primer Tiempo: El Vuelo de Zizou
Con Brasil anestesiado por el trauma de su estrella, Francia impuso sus condiciones. El equipo de Aimé Jacquet no era un conjunto de artistas bohemios, sino una máquina de precisión táctica construida desde atrás hacia adelante. La defensa, una fortaleza inexpugnable, había concedido apenas dos goles en siete partidos durante todo el torneo.
El dominio territorial francés encontró su recompensa en el juego aéreo, desnudando las carencias defensivas de Brasil a balón parado. En el minuto 27′, Emmanuel Petit ejecutó un saque de esquina desde la derecha. Zinedine Zidane, el mediapunta de origen argelino que hasta ese momento había tenido un torneo discreto de cara al gol, se elevó majestuosamente, superando la marca de Leonardo, y conectó un cabezazo inapelable que batió a Cláudio Taffarel. 1-0.
El gol fue un mazazo para la Canarinha. Rivaldo y Bebeto eran incapaces de conectar, asfixiados por el despliegue físico de Didier Deschamps y Christian Karembeu en el mediocampo. Cuando la primera mitad agonizaba, en el minuto 45’+1′, la historia se repitió con una simetría poética. Otro saque de esquina, esta vez desde la izquierda, ejecutado por Youri Djorkaeff. Nuevamente Zidane, anticipándose a Dunga, conectó un testarazo cruzado que se coló entre las piernas de Roberto Carlos bajo los palos. 2-0. El Stade de France estalló en un rugido ensordecedor. Francia se iba al descanso acariciando la eternidad.
Segundo Tiempo: La Fortaleza Azul
La segunda mitad fue un ejercicio de supervivencia y control por parte de Les Bleus. Zagallo intentó agitar el árbol dando entrada a Denílson, buscando desborde y rebeldía, pero la defensa francesa, liderada por Marcel Desailly y Frank Leboeuf (quien sustituía al sancionado Laurent Blanc), junto a los incombustibles Lilian Thuram y Bixente Lizarazu, levantó un muro infranqueable.
Incluso cuando Francia se quedó con diez hombres tras la expulsión de Desailly en el minuto 68′ por doble amarilla, Brasil fue incapaz de generar peligro real. La imagen de Ronaldo, estático, incapaz de reaccionar ante los pases de Dunga o Cafú, simbolizaba la impotencia de un equipo que había perdido la final antes de salir del hotel.
El Golpe Final y la Redención
Con Brasil volcado a la desesperada, dejando inmensos latifundios a su espalda, Francia asestó el golpe de gracia. Corría el minuto 90′;+1′. Un contragolpe de manual iniciado por Christophe Dugarry encontró a Patrick Vieira, quien filtró un pase perfecto al espacio para la irrupción de Emmanuel Petit. El centrocampista del Arsenal, con un remate raso y cruzado con la pierna izquierda, superó la salida de Taffarel. 3-0.
El pitido final de Belqola no solo decretó el final del partido; decretó el final de una era de complejos para el fútbol francés. La victoria aplastante sobre el autoproclamado “;País del Fútbol” curó las heridas de Sevilla y París. El síndrome de Poulidor, la cultura del eterno aspirante, fue erradicada de raíz. Aimé Jacquet, vilipendiado por la prensa durante años por su estilo pragmático, se erigió como el arquitecto de la gloria nacional.
Aquella noche del 12 de julio de 1998, mientras cientos de miles de franceses inundaban los Campos Elíseos bajo un mar de banderas tricolores, el mundo comprendió que la historia del fútbol había cambiado. Francia había dejado de ser el magnífico perdedor para convertirse, por derecho propio, en el rey del mundo. Y lo hizo en la misma noche en que el Fenómeno, abrumado por el peso de su propia leyenda, se desvaneció en el silencio.